El shiatsu es una disciplina en la que el concepto Qi, o energía vital, resulta un elemento imprescindible para la armonía cuerpo-mente-alma. Para el bienestar del individuo es fundamental que éste fluya correctamente, puesto que los desequilibrios se suelen producir por una falta considerable (Kyo) o un desmedido exceso (Jitsu) de energía.
El objetivo del Shiatsu, por tanto, es activar la circulación del Qi en el cuerpo y permitir, así, el desarrollo de las aptitudes vitales del individuo.
Origen
Sus orígenes se remontan a las artes chinas practicadas ya desde el 2.500-3.000 a.C. Y es que, a pesar de su antigüedad, al igual que muchas disciplinas orientales, su conocimiento en occidente y su posterior nombramiento como técnica de manipulación corpórea, es relativamente reciente: las primeras prácticas como tal, en territorio japonés, se remontan a 1910-1920.
En este mismo periodo se publica el primer libro dedicado al Shiatsu: el “Shiatsu Ho”, escrito por Tamai Tempeku. En 1955 el ministerio de sanidad japonés, gracias a Namikoshi, considerado por muchos como el fundador de esta técnica y creador del método de enseñanza y aplicación de la disciplina, la reconoció oficialmente.
Sumario: Las presiones se ejercen siempre de forma perpendicular.
Durante el masaje se presionan puntos clave del cuerpo humano, llamados Tsubo. Se recurre también a estiramientos delicados y manipulaciones a lo largo de los meridianos (los canales energéticos donde fluye el Qi).
El Shiatsu se realiza con manos, codos y rodillas. Las presiones se ejercen siempre de forma perpendicular respecto al punto que se está tratando. Siempre se realizan sin esfuerzo muscular alguno, empleando únicamente el peso del cuerpo del que lo hace. Esta fuerza nace del Hara del masajista, una zona situada debajo del ombligo, centro energético del cuerpo humano.
Despiece: Una sesión de Shiatsu.
Es muy importante crear un ambiente adecuado para que la persona que va a recibir la sesión se relaje. El tratamiento ha de efectuarse en condiciones de calor, calma, tranquilidad y silencio, imprescindible para que el masaje logre conseguir el efecto deseado.
En un principio, el terapeuta pregunta al paciente por su dolencia y establece el procedimiento a seguir. El paciente, normalmente, se tumba en el suelo o en una colchoneta, con el objetivo de “abandonar” su cuerpo y permitir una total libertad de movimiento al masajista, que efectuará los movimientos pertinentes.
Cuando el masaje se da por concluido, el paciente debe quedarse quieto y esperar unos minutos, para beneficiarse, aún más, de los efectos del masaje y volver gradualmente a tomar contacto con la realidad.