La mitología relata que el primer olivo lo creó Aristeo, hijo del Dios Apolo y la ninfa Cyrene, que maravillado por el poder del árbol confió sus secretos y frutos a Ácropos, fundador de Atenas, como símbolo de grandeza.
“El árbol sagrado” lo llamaban, de variadas dimensiones y formas, lento en crecer y de inagotable vida.
Históricamente, el olivo también ha sido sagrado para las antiguas civilizaciones de la cuenca del Mediterráneo, quienes le atribuían poderes eternos como la paz, la victoria y la fecundidad.
Sobre los orígenes del aceite de oliva hay tratadistas que aseguran que fueron los fenicios quienes lo exportaron a Andalucía desde sus tierras, actualmente Líbano y Palestina. También hay quien afirma que sus orígenes se remontan a los griegos, por lo que no podemos hablar de una única teoría.
En lo que sí coinciden todos, es en que fueron los árabes quienes difundieron por toda la península nuevas formas de usar el aceite. De ellos descienden muchos de los usos culinarios y terapéuticos que aún hoy se conservan; nosotros los seguimos recordando gracias a nuestros abuelos. Esta tradición cultural, ha favorecido que, en la actualidad, España sea el mayor productor de aceite de oliva a nivel mundi al, abarcando más del 30% de la producción total.
El cultivo y la elaboración de este tipo de aceite suponen en nuestro país un total de 500 millones de horas de trabajo anuales y da lugar a 70 millones de jornales al año.
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