Antiguamente, todas las semillas, desde el girasol, una de las más conocidas, hasta la menos mentada, como por ejemplo la de cártamo, eran valiosas pertenencias. Se usaban como alimento y también como elementos de culto. Sacerdotes y reyes eran ungidos con aceite de semillas, uno de los más brillantes como símbolo de respeto hacia los espíritus.
El resurgir de cualquier semilla (el cacahuete, la colza, la pepita de uva…) como alimento fue prácticamente el mismo. En primer lugar, se conocen en América y décadas más tarde son transportadas por los colonizadores hacia Europa, donde se extienden rápidamente.
Si bien en un primer momento cuesta adaptarse a estos nuevos productos, hoy en día son ingredientes de uso básico en nuestras cocinas y alternativas muy buenas a los sabores de siempre.
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